Cuando la distancia se atraviesa y te aleja de lo que conoces, de lo que eres, de lo que te enseñaron, te das cuenta que el mundo fluye incesante, que la gente camina bajo la lluvia, que no tienen miedo a empaparse, a sentirse viva. Sus pasiones se mueven entre plegarias que quizá nadie escuche jamás, pero aún así, los pasos dados no los llevan hacia atrás. Las frustraciones de algunos son los logros más grandes de otros. Las sonrisas desfiguradas en los rostros de los viejos, han surcado las arrugas que delatan la melancolía, la espera agonizante, pero aun así, con lentos movimientos, ellos andan los caminos que trazan los jóvenes. A los más pequeños el mundo los recibe con inagotables miradas llenas de rostros multicolor, el idioma no es uno, pero se entienden entre juegos y travesuras. El mundo empequeñece mientras sus huellas son cada vez más grandes, pero no conocerán las fronteras humanas. Algunas barreras las llevarán sus padres, sus abuelos, pero ellos no. Los matices con que fueron pintadas sus infancias los liberarán de atavíos insensatos y prejuicios que insultan a la inteligencia.
Cuando regreso la mirada hacia lo que he dejado, me doy cuenta que los españoles y nosotros no somos tan distintos, de hecho hasta físicamente veo en ellos reflejados tantos rostros que conozco. Pero ¿dónde están los otros?, los que también me traje en la sangre y que aquí no se asoman, ¿será porque aun luchan en las tierras que me vieron partir? Esa lucha silenciosa por sobrevivir, por ocultar su idioma incomprendido, y de los que sus hijos no los recibe nadie, mas que el hambre y la enfermedad.
Hoy a pesar de estar entera, me siento un poco incompleta, en esta ciudad que en silencio me vio llegar.
1.16.2007
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